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Inteligencia estratégica para el desarrollo de destinos

Turismo regenerativo: plan de acción para destinos locales
Desarrollo de Destinos

Turismo regenerativo: plan de acción para destinos locales

Un destino turístico no se regenera porque plante un millar de árboles durante una jornada para redes sociales. Tampoco porque cambie la palabra «sostenible» por «regenerativo» en la portada de su plan estratégico.

Si el agua sigue saliendo del territorio sin retorno, la vivienda se encarece para quienes viven allí y los beneficios se concentran en unas pocas empresas externas, el destino no está regenerándose: está maquillando su balance de daños.

La diferencia parece semántica hasta que obliga a tomar decisiones. La sostenibilidad intenta reducir, compensar o neutralizar el impacto del turismo. El turismo regenerativo aspira a que la actividad contribuya a restaurar ecosistemas, reforzar el tejido local y mejorar la capacidad del territorio para sostener la vida, también cuando no hay visitantes. Ese salto exige un plan de acción para turismo regenerativo local con gobernanza, presupuesto, indicadores y responsables. No una campaña inspiradora.

Según la Organización Mundial del Turismo, el 66 % de los viajeros aspira a experiencias de turismo regenerativo orientadas a restaurar ecosistemas y revitalizar comunidades. El informe NowNext ’24 de Omio sitúa en el 58 % la proporción de viajeros que prioriza destinos con enfoque regenerativo y en el 44 % la de quienes buscan apoyar activamente el ecosistema local. Hay demanda, sí. Pero la demanda no convierte por sí sola una declaración de intenciones en política territorial.

Más allá de la sostenibilidad: el cambio hacia el impacto neto positivo

Durante años, muchos destinos han entendido la sostenibilidad como una colección de medidas de contención: reducir residuos, ahorrar agua, mejorar la eficiencia energética, limitar el tráfico o certificar alojamientos. Todo eso sigue siendo necesario. El problema aparece cuando se presenta como destino sostenible un territorio que únicamente ha conseguido contaminar un poco menos mientras aumenta la presión sobre el suelo, el litoral o el mercado residencial.

La sostenibilidad trabaja con una pregunta defensiva: ¿cómo reducimos el daño? La regeneración incorpora una pregunta más incómoda: ¿qué debe mejorar gracias a la actividad turística y quién se encargará de demostrarlo?

Un plan regenerativo puede incluir la restauración de un humedal, la recuperación de un sistema de caminos rurales, la financiación de corredores biológicos, la revitalización de oficios locales o la redistribución de los flujos hacia barrios y municipios que reciben visitantes pero apenas captan ingresos. No se trata de sumar actividades verdes a un catálogo convencional. Se trata de rediseñar la relación entre turismo y territorio.

La prueba de la coherencia

Antes de iniciar proyectos, conviene distinguir tres capas que suelen confundirse:

  • Mitigación: reducir el consumo de recursos, las emisiones, la generación de residuos o la presión sobre espacios sensibles.
  • Compensación: financiar actuaciones externas para equilibrar un impacto que el destino no ha logrado evitar.
  • Regeneración: intervenir sobre las causas del deterioro y dejar una mejora verificable en los ecosistemas, la comunidad y la economía local.

La compensación tiene su lugar, pero no puede ser el centro del modelo. Plantar árboles lejos del lugar donde se ha degradado un acuífero no repara automáticamente el acuífero. Financiar una actividad cultural puntual no corrige una estructura de empleo turístico estacional y mal remunerada. El territorio no funciona como una hoja de cálculo donde una partida positiva borra cualquier déficit.

Un destino regenerativo no es el que promete dejar huella positiva, sino el que puede mostrar quién mejora, qué se restaura y con qué recursos se mantiene.

Por eso, la primera decisión del plan consiste en fijar una hipótesis de impacto. Por ejemplo: el turismo contribuirá a recuperar una cuenca fluvial, aumentará la renta retenida por productores locales y reducirá la presión sobre el núcleo histórico mediante una gestión activa de los flujos. La hipótesis debe poder traducirse en actuaciones, indicadores y decisiones presupuestarias.

Diagnosticar el territorio como un sistema socioecológico

El diagnóstico turístico tradicional suele comenzar por los recursos: patrimonio, paisaje, gastronomía, playas, senderos, capacidad alojativa y conectividad. Después calcula visitantes, pernoctaciones y gasto. El resultado es un inventario útil para vender el destino, pero insuficiente para gobernarlo.

Un territorio es un sistema socioecológico. El turismo influye en el agua, la movilidad, el precio de la vivienda, la disponibilidad de mano de obra, el estado de los ecosistemas, la continuidad de las actividades agrarias y la relación de la población con sus espacios cotidianos. Si el diagnóstico no observa esas conexiones, el plan acabará optimizando la llegada de visitantes mientras deteriora las condiciones que hacen habitable el destino.

Qué debe recoger el diagnóstico

La fase inicial no necesita una plataforma tecnológica sofisticada. Necesita una lectura común del territorio y datos que puedan sostener una conversación entre áreas que rara vez se sientan juntas.

Conviene organizar la información en cinco planos:

1. Ecológico. Estado de masas de agua, suelo, biodiversidad, corredores naturales, zonas de riesgo, consumo de recursos y áreas con saturación estacional.

2. Social y residencial. Evolución de la vivienda, población residente, empleo turístico, estacionalidad, acceso a servicios y percepción de los efectos del turismo.

3. Económico. Porcentaje de gasto que permanece en el territorio, dependencia de proveedores externos, diversidad empresarial, tejido agroalimentario y capacidad de las pequeñas empresas para participar en la cadena de valor.

4. Cultural. Patrimonio material e inmaterial, prácticas comunitarias, usos vecinales de los espacios, conflictos de apropiación y grado de control local sobre la narrativa del destino.

5. Institucional. Competencias, presupuestos, coordinación entre municipios, mecanismos de participación, sistemas de datos y responsables con capacidad real de ejecutar.

La investigación aplicada en territorios rurales como Catemu, en Chile, ha identificado una percepción de inexistencia de coordinación intersectorial del 64 % y un 78 % de líderes comunitarios sin representación en la planificación territorial. No conviene trasladar esas cifras como diagnóstico de cualquier destino, pero sí como advertencia: la falta de gobernanza no es una nota al pie. Puede ser el principal cuello de botella del plan.

Caminar antes de modelizar

Basta pasear por un centro histórico en temporada alta para detectar cuestiones que no aparecen en el cuadro de mando: calles convertidas en corredores de paso, comercios cotidianos sustituidos por negocios orientados al visitante, viviendas sin residentes y espacios patrimoniales sometidos a un uso que no soportan. Del mismo modo, una visita a un entorno rural permite observar caminos erosionados, aparcamientos improvisados, fuentes sin mantenimiento o negocios locales desconectados de los circuitos de comercialización turística.

El trabajo de campo no sustituye a los datos. Los vuelve interpretables.

Una herramienta sencilla consiste en elaborar un mapa de presiones y oportunidades con las comunidades locales. No un taller ceremonial en el que se recogen notas adhesivas para justificar una decisión ya tomada, sino una sesión de contraste con capacidad para modificar prioridades. Cada punto del mapa debe responder a cuatro preguntas:

  • ¿Qué está ocurriendo?
  • ¿A quién afecta?
  • ¿Qué actividad turística lo intensifica o podría ayudar a resolverlo?
  • ¿Quién tiene capacidad para actuar y mantener la solución?

Si no existe una respuesta clara a la última pregunta, todavía no hay proyecto. Solo hay un deseo.

Gobernanza participativa: la comunidad no es un recurso escénico

La participación local se ha convertido en una palabra de amplio uso y escaso compromiso. Se convoca a asociaciones, productores y residentes, se escucha durante dos horas y después se continúa con el documento previsto. Eso no es gobernanza participativa. Es consulta decorativa.

En un destino regenerativo, la comunidad interviene en la definición del problema, en la selección de proyectos, en la asignación de recursos y en la evaluación de resultados. La población local no aparece únicamente para contar historias, cocinar para visitantes o validar una imagen de autenticidad diseñada fuera del territorio.

Una arquitectura de gobernanza que pueda funcionar

No todos los destinos necesitan crear un nuevo órgano con una sigla más. A menudo el problema no es la ausencia de comités, sino la falta de atribuciones, información y presupuesto. La arquitectura mínima debería incluir:

  • Una mesa estratégica con turismo, medio ambiente, urbanismo, cultura, movilidad, vivienda y desarrollo económico. Si cada área sigue trabajando con su propio calendario y sus propios indicadores, la regeneración quedará atrapada entre departamentos.
  • Un espacio ciudadano y empresarial con representación equilibrada de residentes, asociaciones, pequeñas empresas, trabajadores, productores y entidades ambientales.
  • Equipos de proyecto para actuaciones concretas, con una persona responsable, calendario, presupuesto y capacidad de elevar decisiones.
  • Un sistema público de seguimiento que muestre avances, retrasos y cambios de prioridad. La transparencia no consiste en publicar un documento de cien páginas que nadie vuelve a abrir.

La participación también tiene costes. Hay que remunerar el tiempo de quienes participan cuando se trate de trabajo técnico, facilitar desplazamientos, adaptar horarios y ofrecer información comprensible. Pedir a una asociación local que aporte conocimiento gratuito mientras una consultora factura el proyecto completo es una forma bastante elegante de externalizar el valor del territorio.

Repartir beneficios no es repartir folletos

El plan debe especificar cómo se retendrá valor en el destino. Algunas medidas posibles son:

  • compras públicas y turísticas a proveedores locales con capacidad de suministro estable;
  • acuerdos entre alojamientos, productores y empresas de actividades para crear canales de comercialización menos dependientes de intermediarios;
  • fondos de conservación alimentados por tasas, entradas o aportaciones voluntarias verificables;
  • formación vinculada a empleos concretos y no a cursos genéricos sobre hospitalidad;
  • apoyo a cooperativas, empresas comunitarias y fórmulas de gestión local;
  • contratación de mantenimiento, interpretación y restauración con criterios que prioricen el tejido productivo del territorio.

La regeneración no se mide solo por el número de proyectos ambientales. También por la proporción de valor que permanece en la comunidad y por la capacidad de sus habitantes para decidir sobre el futuro del lugar.

Del concepto al plan de acción

Un plan de acción para turismo regenerativo local debe ser manejable. Si contiene sesenta actuaciones sin responsables ni financiación, no es ambicioso: es una forma administrativa de aplazar el fracaso.

La hoja de ruta puede organizarse en cuatro fases. No son compartimentos cerrados, pero ayudan a ordenar el trabajo.

1. Alinear el propósito y fijar la línea de base

Durante las primeras semanas, el destino debe acordar qué quiere regenerar y qué no está dispuesto a seguir deteriorando. La línea de base recogerá los datos disponibles y señalará las lagunas. No hay que esperar a disponer de un sistema perfecto para empezar; sí hay que evitar presentar como medido lo que solo se ha estimado.

El documento de partida debería incluir:

  • ecosistemas y espacios prioritarios;
  • flujos turísticos por temporada y localización;
  • consumo de agua y energía asociado a la actividad;
  • presión residencial y disponibilidad de vivienda;
  • estructura empresarial y empleo;
  • activos culturales bajo presión;
  • actores con capacidad de decisión;
  • conflictos abiertos y compromisos ya existentes.

2. Seleccionar pocos proyectos con capacidad de arrastre

La implementación de proyectos de turismo regenerativo funciona mejor cuando se empieza con actuaciones visibles, conectadas entre sí y suficientemente concretas. Un destino rural puede priorizar la recuperación de un corredor ecológico, un sistema de rutas de bajo impacto y una red de productores locales. Un municipio costero puede concentrarse en la gestión de accesos, la restauración de dunas, la reducción de residuos y la redistribución de la actividad hacia negocios de proximidad.

La selección debe valorar cinco aspectos:

ParámetroPregunta que debe responder
Impacto territorial¿Qué ecosistema, comunidad o actividad mejora de forma directa?
Adicionalidad¿El proyecto aporta algo que no ocurriría con la gestión habitual?
Viabilidad¿Existen responsables, permisos, capacidades y financiación?
Escalabilidad¿Puede ampliarse sin multiplicar la presión sobre el territorio?
Verificación¿Podemos demostrar el resultado con datos y evidencias comprensibles?

Tres proyectos bien coordinados pueden cambiar más la gestión que una cartera de veinte acciones aisladas. La obsesión por llenar el plan suele esconder la incapacidad de ejecutar.

3. Asignar recursos y responsabilidades

Cada actuación necesita una ficha operativa. No hace falta convertirla en un expediente ilegible. Basta con dejar claro:

  • objetivo;
  • zona de intervención;
  • entidad responsable;
  • socios necesarios;
  • presupuesto disponible y fuente de financiación;
  • calendario;
  • riesgos;
  • indicador de resultado;
  • mecanismo de mantenimiento una vez terminada la inversión.

Este último punto se olvida con frecuencia. Se restaura un sendero, se inaugura, se fotografía y se abandona a la siguiente temporada. Se crea un producto de ecoturismo sin resolver quién mantiene la señalización. Se financia una experiencia comunitaria sin establecer cómo se distribuirán los ingresos. La regeneración requiere mantenimiento, no solo inauguraciones.

4. Revisar, corregir y comunicar sin propaganda

El seguimiento debe permitir cambiar el plan. Si una medida desplaza la saturación hacia otra zona, si un nuevo itinerario eleva la erosión o si el gasto turístico no llega a los productores previstos, hay que corregirla. La evaluación no es un acto de celebración.

Para facilitar la transición, plataformas como Biosphere conectan el diagnóstico con planes de acción e indicadores verificables, integrando el tejido productivo y las zonas rurales. Este tipo de herramientas puede ordenar el proceso, aunque ninguna plataforma sustituye a la gobernanza ni decide qué conflicto está dispuesto a afrontar un destino.

La comunicación debe explicar también los límites: qué no se ha conseguido, qué se ha retrasado y qué impactos permanecen. La credibilidad territorial no se construye con una sucesión de imágenes de hojas verdes.

La tecnología puede ordenar los datos; no puede repartir el agua, contener la gentrificación ni convencer a dos administraciones enfrentadas de trabajar juntas.

Medir la regeneración sin convertirla en una competición de indicadores

Medir el impacto neto positivo es uno de los asuntos más complejos del turismo regenerativo. No existe una metodología internacional única que resuelva todos los contextos. Cada territorio parte de una estructura ecológica, económica y social distinta. Aun así, la ausencia de una fórmula universal no justifica trabajar sin medición.

El Índice de Coherencia de Turismo Regenerativo, o ICTR, propone una referencia con cuatro dimensiones: un 30 % ecológica, un 25 % social, un 25 % tecnológica y un 20 % institucional, en una escala de 0 a 3. El umbral de alta coherencia se sitúa entre 2,5 y 3. La utilidad de este índice no está en producir una medalla, sino en obligar al destino a mirar más allá de la huella ambiental.

Indicadores que sirven para decidir

Los indicadores deben relacionarse con decisiones reales. Algunos ejemplos:

Dimensión ecológica

  • evolución de la cobertura vegetal y de los hábitats restaurados;
  • estado de la calidad del agua;
  • superficie sometida a recuperación o gestión activa;
  • reducción de residuos en zonas de mayor presión;
  • distribución temporal y espacial de los flujos para evitar concentraciones destructivas.

Dimensión social

  • proporción de empleo turístico estable;
  • participación efectiva de residentes en decisiones;
  • evolución de la vivienda disponible para población local;
  • percepción vecinal de los beneficios y costes;
  • número de iniciativas comunitarias con ingresos propios.

Dimensión económica

  • porcentaje de compras realizadas a proveedores del territorio;
  • gasto retenido por empresas locales;
  • diversificación de la oferta fuera de la temporada punta;
  • supervivencia y colaboración entre pequeñas empresas;
  • inversión turística vinculada a necesidades territoriales verificadas.

Dimensión institucional y tecnológica

  • reuniones con decisiones adoptadas y ejecutadas;
  • tiempo de respuesta ante saturación o incidencias;
  • disponibilidad de datos abiertos y comprensibles;
  • interoperabilidad entre áreas municipales;
  • capacidad de modificar aforos, accesos, precios o itinerarios según evidencias.

Un indicador sin umbral de actuación es decoración estadística. Si la presión sobre un sendero supera la capacidad de carga definida, el plan debe establecer qué ocurre: reserva previa, cierre temporal, redirección de flujos o inversión en restauración. Si el precio de la vivienda alcanza un nivel que expulsa a residentes, el destino no puede seguir hablando exclusivamente de promoción.

La capacidad de carga no es un número mágico

La capacidad de carga turística suele presentarse como una cifra estable: tantos visitantes al día, tantas plazas, tantos vehículos. En realidad, depende de la época, el tipo de uso, la fragilidad del ecosistema, la distribución de los flujos y la capacidad de gestión.

Un espacio puede soportar muchas visitas en una jornada bien distribuida y sufrir daños graves con menos visitantes concentrados en unas pocas horas. Un centro histórico puede tolerar el tránsito, pero no la ocupación permanente de portales, plazas y calles por grupos organizados. Una playa puede mantener su función ecológica con determinado nivel de uso y perderla cuando se altera la duna, se compacta el suelo o se multiplican los accesos improvisados.

La capacidad de carga debe conectarse a señales observables y a decisiones operativas. De lo contrario, se convierte en una cifra técnica que todos citan y nadie utiliza.

Financiación: pagar por conservar no basta

La financiación es el punto donde muchas estrategias regenerativas abandonan el terreno de la retórica. Las actuaciones ecológicas y sociales necesitan recursos continuados, no solo una subvención inicial. Además, hay que decidir quién paga, quién administra el dinero y cómo se evita que la comunidad soporte los costes mientras empresas externas capturan los beneficios.

Costa Rica ofrece un caso citado con frecuencia: su programa de Pagos por Servicios Ecosistémicos ha registrado un incremento del 15 % en la cobertura forestal mediante financiación vinculada al turismo y la creación de corredores biológicos. La lección no consiste en copiar el mecanismo sin más. Consiste en reconocer que la conservación puede integrarse en una arquitectura económica estable cuando existe un objetivo claro, una fuente de ingresos y capacidad de seguimiento.

Fuentes posibles para un destino local

Un plan puede combinar:

  • presupuestos municipales y supramunicipales;
  • fondos europeos o nacionales vinculados a transición ecológica, patrimonio o desarrollo rural;
  • tasas turísticas finalistas, cuando el marco normativo lo permita;
  • entradas y reservas en espacios con capacidad limitada;
  • aportaciones de empresas mediante acuerdos verificables;
  • pagos por servicios ecosistémicos;
  • inversión de impacto;
  • compras y contratos públicos orientados a restauración y economía local.

La clave es evitar que cada proyecto dependa de una convocatoria distinta. Si el mantenimiento de una infraestructura verde queda sujeto a una subvención anual incierta, la regeneración se convierte en una actividad intermitente. Y los ecosistemas, por desgracia, no respetan el calendario de las ayudas públicas.

También conviene separar tres bolsas:

1. Inversión inicial, destinada a crear o restaurar infraestructuras y capacidades.

2. Operación y mantenimiento, para que los resultados no se degraden al año siguiente.

3. Evaluación, que debe contar con recursos propios y no quedar reducida a una memoria final.

El turismo regenerativo no necesita prometer que cada visitante salvará el planeta. Necesita diseñar mecanismos en los que una parte razonable del valor generado vuelva al territorio y financie mejoras que puedan comprobarse.

Una hoja de ruta realista para los próximos doce meses

Para un destino que parte de cero, una secuencia de trabajo razonable podría ser la siguiente:

  • Meses 1 y 2: recopilación de datos, entrevistas, trabajo de campo y delimitación de zonas críticas.
  • Meses 3 y 4: diagnóstico compartido, mapa de actores y definición de la hipótesis de regeneración.
  • Meses 5 y 6: selección de proyectos prioritarios, cálculo de recursos y acuerdos de gobernanza.
  • Meses 7 a 9: puesta en marcha de dos o tres actuaciones piloto con indicadores de seguimiento.
  • Meses 10 y 11: evaluación inicial, corrección de impactos no previstos y ajuste del sistema de flujos.
  • Mes 12: publicación de resultados, revisión presupuestaria y decisión sobre la ampliación del plan.

La secuencia puede acelerarse o alargarse según la complejidad institucional. Lo que no debería cambiar es el orden lógico: comprender el territorio antes de venderlo, acordar responsabilidades antes de anunciar compromisos y medir resultados antes de proclamarse regenerativo.

La regeneración como criterio de decisión territorial

El turismo regenerativo no es una nueva etiqueta para diferenciar destinos en un mercado saturado de promesas verdes. Es un criterio para decidir qué turismo cabe, dónde, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones. También implica aceptar que algunas visitas no compensan el deterioro que provocan, que ciertos espacios deben cerrarse temporalmente y que una parte de la demanda no es compatible con la vida cotidiana del territorio.

He visto demasiados planes directores que comienzan hablando de sostenibilidad y terminan justificando más plazas, más accesos y más promoción. El problema no era la falta de buenas intenciones. Era que el crecimiento seguía siendo el indicador dominante y todo lo demás debía adaptarse a él.

Un destino local podrá hablar de regeneración cuando sus proyectos mejoren ecosistemas concretos, refuercen el tejido económico y social, distribuyan los flujos y asignen poder de decisión a quienes viven allí. No cuando obtenga una nueva certificación, ni cuando publique una campaña con paisajes sin visitantes.

La advertencia es sencilla: si el turismo regenerativo se reduce a una estética, el mercado lo absorberá y lo convertirá en otra promesa intercambiable. Si se utiliza para gobernar el territorio, obligará a cambiar presupuestos, competencias y prioridades. La primera opción vende durante una temporada. La segunda puede permitir que el destino siga siendo habitable cuando la temporada termine.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia al turismo regenerativo de la sostenibilidad?
Mientras la sostenibilidad se centra en reducir, compensar o neutralizar el impacto negativo, el turismo regenerativo aspira a restaurar ecosistemas y mejorar la capacidad del territorio para sostener la vida.
¿Cómo debe participar la comunidad local en estos planes?
La comunidad debe intervenir activamente en la definición de problemas, la selección de proyectos, la asignación de recursos y la evaluación de resultados, más allá de una simple consulta decorativa.
¿Qué elementos debe incluir un diagnóstico territorial regenerativo?
Debe recoger información sobre cinco planos: ecológico, social y residencial, económico, cultural e institucional, analizando cómo el turismo afecta a cada uno de estos ámbitos.
¿Es posible medir el impacto positivo del turismo?
Sí, mediante indicadores específicos relacionados con decisiones reales, como la calidad del agua, la proporción de empleo estable, el gasto retenido por empresas locales y la capacidad de respuesta institucional.
¿Qué es la capacidad de carga en un destino regenerativo?
No es una cifra fija, sino un valor variable que depende de la época, la fragilidad del ecosistema y la gestión de los flujos, debiendo estar conectada a señales observables y decisiones operativas.

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