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Tener el camino por delante es sentir que nos falta mucho por recorrer, aunque esa medida de distancia depende de los objetivos que nos podemos haber planeado de antemano, o bien siguiendo un plan preestablecido, como puede suceder, por ejemplo, en un curso de formación o en el trabajo, cuando debemos responder en base a un cronograma de actividades.

“La vida es un viaje, no un destino” dice la canción “Amazing” de la banda Aerosmith, esa noción del viaje o el camino como centro de atención es también un concepto repetido en varios ámbitos relacionados al coaching, el liderazgo y actividades relacionadas.

En mi vida ligada a la promoción turística me he visto reflejado constantemente en esta afirmación, y para contarte mi experiencia, te quiero compartir lo que significa para mí “El Camino por delante”

En el año 2013 la vida me llevó por primera vez a la provincia de Mendoza, la tierra del buen vino, la cordillera y la inmensidad de los paisajes en un tour de prensa, para realizar notas y fotos de la localidad de Malargüe, hoy en día un sitio muy querido para mí.

En ese momento me encontraba en un quiebre importante en mi vida, tenía por delante una toma de decisiones sobre el camino que debía tomar, por un lado mi profesión en forma independiente, y por el otro la urgencia de un empleo seguro (si es que eso existiera) con un sueldo asegurado por mes. 

Este viaje no era uno más, yo vivía en La Plata, y horas antes tenía que presentarme en una entrevista laboral en una agencia importante de comunicación en Buenos Aires, con los viajes interurbanos de por medio, volver a La Plata y de ahí una vez más a Buenos Aires para tomar el bus que me llevaría a Mendoza.

Comencé la jornada muy animado, viajé temprano a Buenos Aires, me hice un tiempo para almorzar en el bello barrio de Belgrano, para llegar a la entrevista en óptimas condiciones, la misma se dió de muy buena forma, al menos desde mi percepción, volví a La Plata en forma precipitada para buscar mi equipaje y salir para Retiro, la terminal de Buenos Aires desde donde, al fin, me subiría al bus rumbo a San Rafael, y luego a Malargüe, en un viaje que llevaría alrededor de 14 horas.

Con la certeza de tener definitivamente un gran camino por delante, me puse mis auriculares y me dediqué a mirar por la ventanilla el recorrido, luego de la cena en el bus, seguí mirando las estrellas con la música en mis oídos hasta quedarme dormido, por delante tenía un gran programa de viaje, incluyendo conocer el Valle de Las Leñas y sitios legendarios como el Pozo de las Ánimas y la Laguna de la Niña Encantada, cerrando con la Fiesta de la Nieve, todo prometía ser una experiencia súper feliz.

Me despierto con la primera claridad del amanecer en plena ruta, y mientras pasamos por un poblado, el teléfono capta señal y veo que me llega un mail acerca de la entrevista que había tenido justo antes de viajar, las palabras ya tenían cierta apatía antes de leerlas, me comunicaban que finalmente habían decidido contratar a otra persona, y textualmente: «si te sirve de algo, te tuvimos en cuenta hasta la última instancia» destacaban mi empuje pero era clave que no vivía en Buenos Aires.

Con una sensación de derrota mundial llegué a San Rafael muy temprano, y tras una espera en la terminal en la cual tomé un café que todavía recuerdo, me subí al segundo bus que me llevaría a mi destino, una vez más tenía el camino por delante, para dejar atrás la mala noticia de ese mail, en la terminal me conecté al portal para el que trabajaba y subí varias noticias turísticas que tenía en agenda

Cuando el bus tomó el camino a Malargüe, luego de dejar la ciudad cruzó unas lomas y pude ver a lo lejos, por primera vez en directo, la maravillosa Cordillera de los Andes, y ví, una vez más, el camino por delante.

La ruta que une San Rafael con Malargüe parece sacada de otro mundo, al marco de la Cordillera se le suman planicies con montañas y volcanes. Para el viajero que la transita por primera vez, es una invitación a perderse en su inmensidad.

Quiso el destino que mi primer recorrido por esa ruta fuera con mis emociones muy despiertas a raíz de lo que les conté anteriormente, aún así, los paisajes y el movimiento tomaron un primer plano inmediatamente, y así, entre diálogos imaginarios sobre cómo las cosas podrían haber sido de otra manera, llegué a Malargüe por primera vez, aún no lo sabía, pero ese viaje sería el inicio de una nueva etapa para mí, de indagarme, repreguntarme y registrar cómo me sentía respecto de mi vida y hacia dónde quería ir.

Notas de viaje:

Cuando algo nos toca las emociones, estamos como quien diría “con el corazón abierto” nos volvemos muy receptivos, más que en cualquier otra oportunidad, se nos graban imágenes, personas, canciones, paisajes, olores, sabores, sensaciones, al punto de volver sobre ese sentir cada vez que las vemos o escuchamos, una canción nos puede llevar a un lugar, a un tiempo determinado.

Las emociones también nos hacen vivir la vida con un sentido muy fuerte, quizás sea por eso que en cada viaje, cada encuentro especial, nos deja música que sonará distinta de ahí en adelante, personas con las cual será una alegría reencontrarnos (o todo lo contrario), lugares, rincones, que desde ese momento, pasarán a ser especiales para siempre.

Hernán Couste